Brexit: soberanía, inmigración y economía

Tres son los principales temas que movilizan a la opinión pública británica en cuanto se hace referencia al referéndum sobre la continuidad de Reino Unido en la Unión Europea. Echémosles un ojo rápido.
Soberanía. Una de las grandes preocupaciones de la población británica es, según las encuestas, encontrar un equilibrio entre su derecho a tomar sus propias decisiones y establecer acuerdos con otros países. Muchos británicos ven con preocupación la filosofía de la Unión que, al menos teóricamente, sólo está destinada a dar pasos hacia delante, es decir, a estrechar lazos políticos y sociales y no sólo económicos. Muchos apostarían por un sistema en el que el Parlamento pudiera vetar medidas tomadas en Bruselas, pero esto iría en contra de la misma Unión (aunque, actualmente, algunos parlamentos pueden parar temporalmente algunas medidas). Es por esto que el Brexit parece una salida lógica para recuperar dicha soberanía, más cuando se percibe Bruselas como la causa de todos los males (¿nos suena?), pues sus intereses son contrarios a los de Londres. Viene a ser un “nuestros intereses primero y si coinciden con los de Bruselas bien, y si no, nosotros seguiremos nuestro camino”.
Pero esto contiene en sí mismo profundas contradicciones. Pertenecer a un mundo global como el nuestro y querer recuperar soberanía parece algo difícil de complementar. Pongamos algunos ejemplos.
Incluso en el supuesto de que el Brexit venciera, Reino Unido deberá construir una nueva relación con la Unión Europea si no quieren quedar fuera del circuito comercial. Para eso, necesitarían reincorporarse al Espacio Económico Europeo, a semejanza de cómo está Noruega pero, al igual que ellos, incapaces de poder modificar la legislación pues habrá perdido su asiento en la mesa de negociaciones.
Es más, si el Brexit venciese Cameron debería invocar el artículo 50 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Dicho artículo, que prevé la salida por decisión propia de la Unión, fue incluido por petición expresa británica en el Tratado de Lisboa (2008). ¿A cambio de qué? De dejar todo el proceso en manos de los 27 países restantes. Es decir, la nueva relación estaría en manos de Bruselas, no de Londres. Por si fuera poco, este proceso de negociación coincidiría en el tiempo con las elecciones en Francia y Alemania, cuyos líderes estarán poco predispuestos a hacer concesiones en favor de una Londres en retirada.
Por último, Barack Obama declaró que la relación “especial” que mantienen ambos países se debe en gran parte a la pertenencia británica a la UE. El Brexit dejaría inmediatamente a Reino Unido fuera de las negociaciones del TTIP y parece muy difícil que Washington accediera a negociar antes con Londres que con Bruselas. Construir un país más cerrado en sí mismo, que es lo que significaría salir de la UE, no parece suponer una recuperación de soberanía real.
Inmigración. No nos es extraño en España que el debate sobre la inmigración salga a relucir en aquellos momentos políticos más caldeados, donde se buscan más las pasiones que la razón. Es innegable que una importante parte de la sociedad británica ve en la inmigración en general, y en la europea en particular, un problema que tiene tres consecuencias principales: el descenso de los salarios, la mayor dificultad para acceder a servicios y subvenciones públicas y el aumento del precio de la vivienda (principalmente, por falta de oferta). Desde 2014 hay más extranjeros nacidos en países de la Unión que en terceros países, por lo que parecen representar, según los ciudadanos británicos, una amenaza mayor. Si bien ha sido tradicional esta visión sobre los europeos de este, los europeos del sur, españoles entre ellos, empiezan a ser vistos también como una amenaza.
Busquemos datos objetivos. Reino Unido es un país de algo más de 64 millones de habitantes, sólo un 8,4% de la población no tiene la nacionalidad británica y el 4,6% son comunitarios. Su contribución neta al Tesoro británico es superior al gasto que generan y, además, no ocupan en su mayoría viviendas sociales. Parece ser que la imagen que se ha trasladado, aunque falsa, es más poderosa que la realidad, algo que, como decía al inicio de este apartado, no nos resulta extraño aquí en España. Un dato a tener en cuenta: el único miembro de UKIP en el Parlamento declaró que, después del Brexit, Reino Unido seguiría necesitando inmigración para ocupar ciertos sectores laborales (por lo menos, intenta hacer una previsión constructiva, no como su líder Nigel Farage). La cuestión planteada es entonces: ¿qué inmigración?
Y es que esta cuestión está muy relacionada con el anterior: los británicos perciben como un problema la pérdida de control de las fronteras debido al espacio Schengen. Pero la posible solución, el Brexit, no arreglaría el problema si Reino Unido quiere acceder al Espacio Económico Europeo, pues existe una cláusula (que incluye la UE) de libre circulación (así está firmado con Noruega).
Por último, hay más de 1 millón de británicos viviendo en países de la Unión Europea (España es un destino preferente) y su situación (acceso a los sistemas nacionales de salud, pensiones, etc.) está garantizada precisamente por la pertenencia del Reino Unido a la UE. De producirse el Brexit, parecería lógico que Reino Unido llegara a acuerdos, bien con la UE, bien con los países donde viven sus nacionales, para mantener su status. Igual de lógico parecería que la UE o dichos países exigiesen a cambio lo mismo para sus nacionales. Es decir, cambiaría nada o muy poco.
La economía. Seamos sinceros. Sería la primera vez que un país dejara la Unión Europea. La falta de experiencias previas, así como el volátil contexto internacional, hacen muy difícil prever las consecuencias económicas. Aun así, alguna idea podemos tener.
Parece claro que la economía británica se resentiría en caso de Brexit, aunque sólo sea porque, al menos temporalmente, quedaría fuera del EEE, aunque no sabemos en qué medida. Diferentes estudios apuntan a una caída del PIB de entre 2,2% (moderada) y el 9,5% (fortísima). La realidad es que esta caída dependería principalmente de la rapidez y el calado de los acuerdos con la UE (aunque recuerdo que este proceso está en manos de la Unión). La subida de impuestos anunciada por Osborne en caso de Brexit parece más que justificada.
Otra idea: la City de Londres es hoy un centro financiero de primer orden, entre otros factores, porque lo es de la Unión Europea, lo que da acceso a los capitales que allí acuden a todo el espacio comunitario. Parece evidente que perdería importancia y que parte de dichos capitales fluirían a Frankfurt. A esto añadimos lo mencionado anteriormente: Obama anunció que lo prioritario es el TTIP y que no negociará ningún tratado de comercio con Gran Bretaña por separado antes de lograr un acuerdo con Bruselas. Es decir, se encontraría con las mismas restricciones de acceso al mercado estadounidense que China, Brasil o India. Incluso en el improbable caso de que Trump venciera, hay que recordar que éste, a pesar de declararse a favor del Brexit (algo que, ya de por sí, supondría una razón justificada para votar por el remain), tiene un programa económico proteccionista. No descartaríamos, en cualquier caso, que Trump virara hacia la creación de un espacio económico anglosajón.
Por último, es evidente que la Unión es el socio comercial más importante de Gran Bretaña. La mayor parte de su inversión y una parte fundamental de sus exportaciones viajan al otro lado del Canal de la Mancha. El simple hecho de quedar fuera del Mercado Único, afectaría a la económica británica.
Uno de los argumentos más manejados por los partidarios del Brexit es que así Reino Unido dejaría de ser contribuyente neto a los presupuestos de la Unión, pero el ahorro (en torno a un 0,35% de su PIB) no parece que pudiera afrontar los perjuicios de la salida. Además, el Estado se vería en la obligación de mantener aquéllos sectores que sí eran receptores netos de fondos europeos como la educación universitaria y la investigación.
Estos tres temas están en el foco de los británicos, pero la reflexión sobre ellos siempre lleva a la misma pregunta: ¿arreglaría verdaderamente sus problemas el Reino Unido con el Brexit?
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