Democracia y voto

Parece que en democracia lo único que realmente importa es votar. Este argumento parece racional y lógico y, si bien es cierto que el voto es una condición necesaria para que exista la democracia, no es sin embargo una condición suficiente. ¿Por qué? Vamos con una pequeña reflexión.

Si democracia fuese sólo votar, nos encontraríamos ante un sistema en el que la voluntad de la mayoría es la que decide qué se debe hacer y qué no, lo que implica que el resto, es decir la minoría, debe someterse, aceptar los resultados y callar. ¿Un peligro potencial? Esa mayoría puede decidir, debido a esta concepción de la democracia, que la minoría no debería tener derecho a votar, que debe ser maltratada o, por qué no,  extinguida. ¿Qué problema habría si una mayoría lo respaldase? ¿No es eso democracia? Evidentemente, no. No deberíamos olvidar, por ejemplo, que no hace mucho tiempo una mayoría blanca legislaba discriminando a una minoría negra o que una mayoría ideológica legislaba contra la minoría contraria.

Para evitar llegar a estos extremos, las constituciones modernas prevén dejar un número importante de cuestiones fuera del alcance de la mayoría.  ¿Alguien entendería que se pudiera decidir mediante una votación qué regiones votan y cuáles no? ¿O quién debe tener garantías jurídicas y quién no? ¿O quién tiene derecho a vivir y quién no? A veces, no votar es democracia también.

Pero es que además nos encontramos con otra cuestión: la democracia es un sistema político. Sí, sí, político. ¿Y qué es la política? Según decíamos en nuestra primera entrada, hace casi un año, uno de sus objetivos es intentar establecer un marco de convivencia en el que tratar de resolver los conflictos que, inevitablemente, surgirán en la comunidad. Seamos conscientes de que una votación no siempre es la solución a un conflicto. Pondré un ejemplo.

Hasta hace casi 3 meses, muchos estados de los Estados Unidos prohibían expresamente el matrimonio homosexual. Todos ellos habían promulgado leyes o ejecutado votaciones, algunas de ellas con mayorías muy amplias, que lo ilegalizaban. El Tribunal Supremo, máximo garante de su Constitución, estableció que esas leyes eran ilegales porque iban en contra de su Carta Magna y, más concretamente, contra el derecho a la igualdad, uno de esos valores fundamentales que se arrancan de las manos de las mayorías. No hubo votación democrática de por medio sino la interpretación de la ley suprema, aceptada por todo el país como tal (o, al menos, por una aplastante mayoría), por parte de aquéllos a quienes se les ha encargado tal función dentro del sistema.

Y es que en todos los países llamados democráticos existe esta ley marco, la Constitución, y un órgano encargado de interpretarla cuando los llamados derechos fundamentales entran en conflicto. No es sencillo dirimir cuál es más fundamental que otro (aun cuando, como ya escribimos, existe una división en niveles de importancia) y no es, desde luego, una cosa que se pueda arbitrar con una votación. Muchas cuestiones se han decidido conforme a una sentencia del tribunal constitucional correspondiente y no por votación por el simple hecho de que, para ser resueltas, la regla simplista de la mitad más uno no lo resuelve sino que, incluso, pueden empeorar la cuestión. Eso sí: una resolución de un tribunal constitucional puede resolver una situación puntual y específica, pero no el problema en su conjunto.

Un problema que incluya derechos fundamentales (o su ausencia) se resuelve con política (algunos lo llaman negociación) y sí, a veces es necesario cambiar la constitución para incluir los acuerdos tomados cuyo paso final, repito, final, es una votación popular o referéndum. Y fíjense que, por ejemplo en España, para cambiar cualquier cosa referente a los derechos fundamentales, se requiere que la propuesta sea aprobada en el Parlamento por mayorías reforzadas, es decir con un gran acuerdo. Y es así como la idea de democracia moderna va irremediablemente unida a la de “estado de derecho”, en el que ni siquiera una mayoría puede actuar contra una minoría con el fin de excluirla y/o eliminarla.

Y fíjense que, con una votación, cedemos esa capacidad de decisión precisamente para que nadie la pueda usar en su favor. Decidimos qué cosas están fuera de las urnas hasta que entre todos decidamos que eso hay que cambiarlo. ¿Cómo? Con una reforma constitucional que, aunque en este país parece que es una blasfemia, debería ser un proceso natural. Y esto no quiere decir que haya que cambiarla cada cinco minutos, sino simplemente cuando la ciudadanía lo considera necesario porque para eso es la ciudadanía la que refrenda o rechaza, y la que decide qué debe resolverse mediante votaciones y qué es tan importante que debe ser blindado. He ahí la esencia de nuestra democracia.

Votar es democracia. Pero sólo votar no lo es. Es por esto que la política es tan importante. Hablar, negociar y llegar a acuerdos que refrenden los ciudadanos. Eso se parece más a la democracia que se pretende. ¿O no?

¿Cuál es tu opinión? ¿Qué deberíamos votar y qué no? ¿Votamos todo? ¿Nada? ¡Cuéntanoslo aquí o en nuestra página de Facebook! Y no olvides que si quieres que tratemos algún tema en concreto, puedes contactar con nosotros por todas estas vías.

Democracia

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