Transformando ecológicamente la política (I): del proceso judicial al natural.

Transforming ecologically the politics (I): From the judicial process to the natural one. (English version here)
En la anterior entrada intentamos dejar más o menos contextualizado qué es eso de la restauración ecológica y su extrapolación al ámbito político. Vimos que hay diferencias entre la forma convencional de hacer las cosas y la forma ecológica, pero sólo pudimos raspar la superficie. Es un tema enrevesado, en una ciencia enrevesada, que se quiere aplicar a un mundo tan enrevesado como es la política. Y en este jugoso símil se puede conseguir la convergencia de los dos mundos. Al ser sistemas complejos, las formas de abarcarlos pueden funcionar en ambos. El camino de salida no es el mismo para dos laberintos, pero los trucos que sirven en uno (utilizar una cuerda, girar siempre hacia la izquierda, etc.) se pueden aplicar en el otro.
Así pues, dado este punto, paso a explicar los trucos básicos del laberinto de la restauración ecológica. En total, son 6 las directrices que guían esta forma de trabajo: procesos, visión holística, memoria, escalas, referente y gestión adaptativa. En este post explicaré sólo la primera, para poder abarcar lo mejor posible toda la dimensión del iceberg que constituye cada una de ellas y no sufrir ningún Titanic en este Lost in traslation restauro-político.
Si nos preguntaran a alguno de nosotros que describiéramos con una sola palabra qué es la restauración ecológica, esa palabra claramente sería procesos. Si escuchamos las noticias, vemos que en el mundo de la política también aparece muchas veces la palabra procesos pero, por desgracia para nosotros (los ciudadanos), ellos no son restauradores y sus procesos van acompañados de otro adjetivo: judiciales. Por otra parte, si buscamos “procesos” en el diccionario de la RAE, aparece como tercera acepción “Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial”. Esto ya se acerca más a la visión de un restaurador. Nosotros observamos los procesos naturales, la energía que fluye entre todos los elementos, que los conecta y que los mantiene vivos. La gran importancia de este hecho para la restauración nos lo explicaron en la universidad con un ejemplo que hace que me aleje un poco de la política, pero que es tan bonito que lo voy a incluir en este post. Prometo no desviarme tanto en el futuro.
La situación es la siguiente: En 1990, Irak invade Kuwait. Millares de personas se ven obligadas a escapar de sus casas y se desplazan en masa hacia los campos de refugiados. Durante su huida cruzan una región de arbustos y matorrales que, debido al sobrepastoreo, quedaron completamente sin vegetación.
La zona no se recuperó, a pesar de la desaparición del sobrepastoreo. Pasados unos años, la ONU decide aportar fondos a Kuwait para restaurar esta tierra y manda a Steve Whisenant, un gran restaurador ecológico, como consejero. Whisenant observa el paisaje, se agacha y agarra un poco de tierra. Ya ha pensado una estrategia en la que invertir la cuantiosa cantidad de millones de dólares del proyecto: les dice a los lugareños que llamen a los jóvenes y entre todos carguen en el pueblo un camión con piedras. Después, que vengan a estos terrenos y las tiren aleatoriamente. Y así varias veces.
Unos años después de esta desconcertante solución, se había conseguido recuperar casi por completo el ecosistema.
Y todo esto… ¡por tirar unas simples piedras! Nada de megaproyectos de millones de dólares. Lo que Whisenant había visto al agacharse era que el suelo tenía semillas, pero que no conseguían brotar, por lo que había algo que estaba impidiendo su desarrollo. El proceso que estaba bloqueado era la germinación. Arrojando las piedras se consiguió sujetar el suelo y se crearon microsombras para que pudieran brotar las plantas de nuevo. Lo importante son los procesos, no los elementos estructurales. Es, por ejemplo, como si la lavadora un día deja de funcionar. Revisas todas sus piezas, las cambias, compras nuevas…y el problema es que está cerrada la llave de paso del agua. Hay que atender a lo que hace que el resto de piezas funcionen como deben.
Pero dejando ya por fin de lado los ecosistemas y las lavadoras, ¿cómo se puede extrapolar esto a la forma de hacer política? Alejándonos de la comparativa fácil y para evitar demagogias que parecieran más de una campaña política, lo importante que debe percibir un político ecológico es que la sociedad es otro ecosistema, donde todos sus elementos están conectados entre sí y en donde, cuando tiras de un hilo, se mueven otros seis más; que el gran arte de la política no es tirar de muchos de esos hilos, sino sólo del hilo adecuado; que no hay que imponer una casa ya prefabricada sobre cualquier superficie, sino aportar unos cimientos sólidos y el material adecuado para la construcción, salga como salga la forma, mientras cumpla su función y sea segura. La política ecológica debe ser favorecer que germinen las semillas que hay, no abrir el suelo y poner árboles. Porque, en la sociedad, hay muchísimas semillas esperando. Sólo tienen que agacharse y agarrar un puñado de suelo para verlo.
Para terminar el post de hoy dejo un pensamiento que me ha asaltado mientras escribía: Qué bonito sería si los gobernantes, en vez de en la recuperación de la economía, pensaran en la restauración ecológica de la economía. Muchas gracias de nuevo a #estotambiénespolítica y a todos los que se paran a leer este apacible caos.

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