¿Un modelo educativo a la finlandesa?

A raíz de los estudios de máster que estoy cursando ahora mismo, apareció la discusión sobre la lentitud en el cambio del modelo educativo español. Una compañera defendía que estábamos capacitados para cambiarlo de una manera más eficaz y rápida, dado que vivimos en un mundo que está sufriendo cambios vertiginosos. La educación, en su opinión, debería acompañar dichos cambios. Yo, por mi parte, defiendo que los cambios de esta índole, tan profundos, no pueden suceder así como así. Son lentos. Muy lentos. ¿Por qué? Primero, porque se tienen que dar muchísimas circunstancias que lo hagan posible (una alineación de planetas, más o menos); y segundo, y fundamental, porque todo cambio que afecta a toda una sociedad no se puede producir si ésta no lo asume como propio. Para intentar argumentar lo que digo voy a poner dos ejemplos de modelos educativos: un fracaso (a mi juicio, el español) y un éxito (el caso finlandés).
En España el modelo educativo ha cambiado, es evidente. Pero lo deseable es que un modelo educativo no sólo responda a las necesidades de la sociedad donde se aplica sino que allane el camino para un futuro mejor. En nuestro caso, ya hemos tenido seis leyes orgánicas de educación en apenas 40 años de democracia (con una séptima que vendrá en cuanto cambie el gobierno, claro), lo que significa que cada ley ha tenido una vida media que no llega a los 7 años (y eso que una ni siquiera se llegó a aplicar). En este tiempo es imposible evaluar el impacto de un modelo educativo, mucho menos esperar que sea fructífero.
Y es que, en el caso español, el modelo educativo es utilizado como una herramienta política, un instrumento a través del cual obtener más votos ahora y en el futuro, una manera de crear ideología. El modelo educativo no tiene objetivos más que el resultadismo y el salir bien parado de los tests internacionales (como si fuera un éxito) sin que, además, eso suponga una sangría para las cuentas públicas. Es decir, en busca de prestigio. Fíjense que no estoy hablando de signos políticos, sino que hablo de todos los gobiernos que tengan alguna competencia en educación. El modelo educativo es, para ellos, un medio de conseguir otros fines cuando la educación debería ser un fin en sí misma. No hay un objetivo de preparar a gente más cualificada, de crear una sociedad crítica, de hacer más responsables a los ciudadanos de los destinos de su propio país, de preparar a nuestros niños, niñas y jóvenes mejor para afrontar una vida que no será fácil pero en la que deben luchar por sus sueños, luchar por sí mismos y por los que les rodean e intentar que sean lo más felices posible. Nuestro modelo educativo no será definitivo hasta que todos (políticos, medios de comunicación, madres y padres, empresarios… la sociedad, vaya) nos demos cuenta de que tenemos que remar en la misma dirección. Una vez se consiga eso, podremos iniciar ese proyecto a largo plazo que se llama modelo educativo con unas más que razonables probabilidades de éxito.
Porque eso es precisamente lo que sucedió en Finalndia, modelo a seguir por todos los países del mundo. No es fácil tener que esperar 15 o 20 años para saber si lo que has hecho realmente funciona, pero ellos lo hicieron. Quienes crean que importar aquí lo que se hace en Finlandia es garantía de éxito, es que no comprende cómo funciona esto.
El éxito finlandés se fragua en los años 70, cuando una sociedad empobrecida tras la II Guerra Mundial saca la conclusión de que o todo el país rema en la misma dirección, o el futuro parece más que negro. Y así lo hicieron. Sacaron su modelo educativo a finales de los 70, convenientemente retocado con el paso del tiempo que todo erosiona, pero el mismo en esencia en los últimos 40 años. Los resultados no se empezaron a ver hasta mediados de los 90, pero son extraordinarios. Se convirtieron en una potencia tecnológica a nivel mundial. Ya barrieron en los primeros informes PISA de 2000 alcanzando el primer puesto, de donde no se han bajado desde entonces (no entro a valorar la fiabilidad que se le concede a los informes PISA sino sólo los resultados). Allí, los partidos políticos, las administraciones, los centros, los profesores, madres y padres y toda la sociedad civil trabajan con el mismo objetivo y en la misma dirección desde hace 40 años. Ése es el verdadero modelo educativo.
Por supuesto, tienen mucho que ver el resto de condicionantes: cómo se forma al profesorado, cómo se estructura la autonomía de los centros, el diseño del currículo, la flexibilidad del mismo, la consideración de todas las etapas educativas como parte de un mismo todo, la financiación, la responsabilidad de los padres y la que inculcan a sus hijos, etc. Pero sin voluntad y sin la asunción por parte de la sociedad de que todos y cada uno de nosotros debemos ser agentes activos en la educación de nuestros niños, niñas y jóvenes, da igual lo que ponga en una ley. La educación es nuestro futuro. El de todos. Y hasta que no lo entendamos así, nada conseguiremos. Ése es para mí el milagro finlandés y no su primer puesto en los informes PISA: que entendieron que la educación era cosa de todos. Es el primer paso necesario para que todo lo demás funcione.
¿Se llegará algún día a tal entendimiento en nuestro país? ¡Contesta a esta pregunta u opina lo que consideres en los comentarios o en nuestro Facebook!

Schoolphoto credit: via photopin (license)

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