Monarquía o república: ¿una cuestión de legitimidad?

El debate sobre la Jefatura del Estado, tan de moda desde la abdicación de Juan Carlos I a mediados de 2014, se puede ver desde múltiples y muy diferentes prismas. El enfoque que voy a usar en esta entrada invita a la reflexión más que a la resolución de una duda o una cuestión y pretende dejar claro que ni es el único prisma ni el único aspecto a tener en cuenta, aun cuando sí es una parte sustancial de dicho debate. Reconozco que no tengo una opinión contundente sobre el tema, pero sí me gustaría plantear algunas cuestiones.
La principal crítica que se vierte sobre la institución monárquica suele ser algo relacionado con su falta de legitimidad. Intentaré aclarar algo al respecto. Cuando hablamos de legitimidad, hablamos estrictamente de una cuestión que está dentro de la legalidad pero que incorpora una cualidad moral que la hace no sólo legal y lícita, sino también recomendable o preferible a otras opciones. Muchos defensores del sistema republicano defienden que éste es más legítimo, pues la elección a través del sufragio es preferible al derecho de sangre. Sin embargo, las monarquías parlamentarias actuales no carecen de legitimidad, pues fueron aceptadas a través de un referéndum constitucional, surgido de la voluntad popular y, por tanto, de la soberanía nacional. Si entendemos que en una democracia lo legítimo es lo que el pueblo decide libremente, no es asumible esta crítica. Es por eso que yo prefiero reflexionar sobre argumentaciones más prácticas que asuman la legitimidad como parte primordial y sobrentendida de su planteamiento. Ahí van un par.
Es innegable que la monarquía tiene un tinte no democrático. Es cierto que ha perdido la inmensa mayoría de sus cualidades soberanas, aquéllas que la convertían en una institución por encima del resto, que ordenaba y modulaba todo lo demás a su antojo, capricho o interés. A día de hoy, los reyes y reinas lo son por decisión del pueblo soberano, son servidores públicos y a él se deben. Por mucho que algunos protesten o lo discutan, los tiempos de los súbditos se acabaron. Sin embargo, una vez aceptada esta premisa, no es menos real que el hecho de que un puesto público se transmita por herencia parece no adecuarse a la idea de democracia.
Una república, sin embargo, elige a su jefe de estado a través de sufragio, bien sea éste directo (en sistemas presidencialistas y semipresidencialistas, como en EE.UU. y Francia) o indirecto (en sistemas parlamentarios, como en la mayoría de los países europeos) y, por tanto, a través de la soberanía nacional de forma periódica. Este puesto tiene un límite temporal resuelto con una nueva elección, contrapuesto claramente al carácter vitalicio y hereditario de la monarquía.
La jefatura del estado, en un país como el nuestro, tiene un papel a cumplir: ser la representación del Estado en todos los ámbitos, principalmente de cara a las relaciones internacionales.
Una monarquía se ve más enfocada hacia aquellos países cuyos regímenes no son democráticos. Bien conocidas son las buenas relaciones de Juan Carlos I con los reyes de Marruecos (país fundamental en la vertebración de nuestras relaciones internacionales) o las monarquías arábigas. Su carácter vitalicio le permite establecer lazos diplomáticos (y, a veces, hasta personales) en el largo plazo. Su carácter hereditario también facilita enormemente al relevo en la jefatura del estado irse introduciendo en esa red de forma paulatina sin que sucedan grandes cambios y con un principio de estabilidad en las relaciones.
¿Y con los páises europeos y democráticos? Las relaciones con los países de nuestro entorno son llevadas personalmente por el Presidente del Gobierno (o Primer Ministro o Canciller, según el país), verdadero detentador del poder por mandato soberano. Así lo hacen, por poner algún ejemplo, David Cameron en Reino Unido, Matteo Renzi en Italia o Angela Merkel en Alemania. Sin olvidar que las casas reales europeas, en mayor o menor grado, están emparentadas por lo que las relaciones entre ellas parecen más que sólidas, son los líderes políticos quienes tejen esa red de relaciones. No es menos cierto que este sistema ha dejado un poco de lado las relaciones con Centroamérica y, sobre todo, con Sudámerica, algo que no se termina muy bien de explicar en un país como el nuestro, pero éste es otro tema.
Así pues, partiendo de la base de que la opción, siempre que sea elegida por los ciudadanos, es legítima, yo trasladaría la cuestión a si estamos dispuestos a perder un poco de democracia para obtener otras cosas a cambio o no.
Yo defiendo que dicha cuestión sea decidida por la ciudadanía. Además, ya dije que no tengo una opinión contundente sobre el tema. Ahora la opinión que nos interesa es la tuya. ¿Qué piensas de la cuestión? ¿Tienes ideas que aportar? ¡Deja tu comentario aquí y en nuestras redes sociales!

monarquía o repúblicaphoto credit: Alerta digital

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